Delicioso suicidio en grupo

Delicioso suicidio en grupo es el título de la excelente y recomendable novela del finlandés Arto Paasilinna.

Miles de finlandeses se suicidan cada año, y la razón nos la da el autor al principio del libro: «El enemigo más poderoso de los finlandeses es la oscuridad, la apatía sin fin. La melancolía flota sobre el desgraciado pueblo y durante miles de años lo ha mantenido bajo su yugo con tal fuerza, que el alma de éste ha terminado por volverse tenebrosa y grave. Tal es el peso de la congoja, que muchos finlandeses ven la muerte como única salida a su angustia.»

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En esta premisa se basa el argumento de la obra: dos suicidas, un empresario arruinado y un coronel viudo y retirado, coinciden en el mismo lugar para quitarse la vida. Tras este intento frustado, entablan amistad y deciden fundar una asociación de suicidas. Entre cientos de aspirantes, reclutan a una trintena y a bordo de un autobús de lujo, recorren Europa en busca del mejor lugar en el que llevar a cabo un suicidio en grupo.

Escrita en 1990, la novela es amena de leer, original en su planteamiento y divertida en su desarrollo. Me ha llamado mucho la atención la radiografía que de Finlandia hace el autor, muy alejada de la percepción que, desde la distancia y el desconocimiento, muchos tenemos. Más parece la descripción de España que del país nórdico.


Cita del libro:

Llegaron a la conclusión de que la sociedad finlandesa era fría y dura como el acero y sus miembros eran envidiosos y crueles los unos con los otros. El afán de lucro era la norma y todos trataban de atesorar dinero desesperadamente. Los finlandeses tenían muy mala leche y eran siniestros. Si se reían, era para regocijarse de los males ajenos. El país rebosaba de traidores, fulleros, mentirosos. Los ricos oprimían a los pobres, cobrándoles alquileres exorbitantes y extorsionándolos para hacerles pagar intereses altísimos. Los menos favorecidos, por su parte, se comportaban como vándalos escandalosos, y no se preocupaban de educar a sus hijos: eran la plaga del país, que se dedicaban a pintarrajear casas, cosas, trenes y coches. Rompían los cristales de las ventanas, vomitaban en los ascensores e incluso hacían sus necesidades en ellos. Los burócratas, mientras tanto, competían entre sí por ver cuál de ellos inventaba un nuevo formulario con el que humillar a los ciudadanos haciéndolos correr de una ventanilla a otra. Comerciantes y mayoristas se dedicaban a desplumar a la clientela y a arrancarles de los bolsillos hasta el último céntimo. Los especuladores inmobiliarios hacían las casas más caras del mundo… [continúa]