DM PRANKS ha realizado lo que llaman un experimento sociológico. Un hombre disfrazado de mendigo duerme tirado en el suelo junto a un cartón en el que puede leerse: ¡Ayúdenme. Tengo hambre! También se dejan a modo de señuelo varias monedas y un billete de 100€, supuesto fruto de su mendicidad. Y a ver qué pasa. A ver quién es capaz de robar a un mendigo.
Tras dos horas y cuarenta minutos, habiendo pasado junto al mendigo 54 personas, sólo un niñato es capaz de robar al mendigo el billete de 100€. El resto pasa indiferente o deja una limosna, incluso una chica le advierte del billete para que lo guarde.
Si el experimento se realizase en Madrid, ya podía darse por jodido el indigente. La alcaldesa le quitaría los 100€ y le reclamaría otros 600€ más.
Parece que salvo políticos y algún otro desalmado, nadie es capaz de robar a un mendigo. La cosa cambia cuando de lo que se trata es de ayudarle.
Otro experimento consiste en comprobar cómo reaccionamos si vemos caerse a un mendigo o a un ejecutivo. En este caso las apariencias son decisivas, la solidaridad es para con el ejecutivo y el desprecio más absoluto para el mendigo, salvo honrosas excepciones. No nos damos cuenta que los que pueden convertirnos en quienes despreciamos, son aquellos a los que ayudamos.