La fiesta del cine, con entradas a 2,90€, ha sido todo un éxito. Largas colas para sacar entradas y las salas llenas. Esos malvados piratas que arruinan a la desprotegida industria cultural, y del cine en particular, se han quitado el parche y han acudido en masa a ver las películas en su lugar natural cuando el precio de las entradas es razonable.
El lunes pasado se registraron 335.000 espectadores, un 550% más que el lunes anterior, y la recaudación aumentó un 330% (de 354.000€ a más de un millón de euros). Los siguientes dos días, las cifras aumentaron aún más: el martes se vendieron 494.351 entradas (900% más que el martes anterior) y ayer 644.000. Más de millón y medio de entradas vendidas en tres días (si en vez de laborables hubieran sido fin de semana, las cifras hubieran sido muy superiores) demuestran que el problema del cine no es la piratería, sino que las entradas son caras, muy caras. Si, además, la calidad de las películas exhibidas es mediocre en su gran mayoría, se entiende la huida de los espectadores de las salas de cine.
El principio económico básico -a menor precio de un bien mayor demanda del mismo- funciona. Sólo falta que algunos lo entiendan: ganan más con precios más bajos y las salas llenas.
Si las entradas costaran la mitad; si todas las salas contaran con buenas butacas, buena imagen y buen sonido; y si la industria facilitara descargas digitales legales baratas y de calidad, seguramente los piratas abandonarían el barco. Todos ganaríamos: el público, el Cine y la industria. Pero ya se sabe, no hay peor ciego que el que no quiere ver.